Amanda transcurre en el Valle de Hunza y sigue a una joven de quince años que vive entre el aprendizaje, el juego y la responsabilidad. Cuando la enfermedad de su padre pone en riesgo su mundo y su comunidad, Amanda debe internarse en la naturaleza para buscar la orientación del sabio Kolia.
El viaje es físico, pero también interior. Acompañada por Vanishka, una marmota vivaz, leal y profundamente unida a ella, Amanda encuentra maestros, desafíos y presencias espirituales que no le entregan respuestas fáciles: la ayudan a reconocer su propia fortaleza.
La amistad, el miedo, la pérdida, la naturaleza, la espiritualidad, la resiliencia y el amor atraviesan la historia. El nombre Amanda —“la que será amada”— adquiere un sentido más profundo cuando ella descubre que ser amada también implica aprender a amar, escuchar, perdonar, actuar con compasión y vivir fiel a sus convicciones.
Aunque Amanda pertenece al mundo de la ficción, comparte el mismo origen que las pinturas y las esculturas: la necesidad de explorar aquello que no siempre puede decirse con palabras.
Es, en definitiva, otra forma de habitar un territorio interior.